-LA LECTORA JURIDICA- Roberto Gargarella: The Legal Foundations of Inequality (Cambridge, 2010) Por JUAN CARLOS TORRE

¿Cómo se reorganiza la vida pública de los países del continente americano luego de la irrupción revolucionaria de las guerras de la independencia y que hizo de la soberanía popular la única forma legítima de la obligación política? Con este interrogante Gargarella ha llevado a cabo una exploración sistemática de los primeros intentos constitucionales en las Américas produciendo una obra de gran envergadura. Quiero subrayar esa  ambición: no es frecuente el abordaje histórico y analítico de la diversidad de tempranas  experiencias de construcción institucional que conoció el continente. Para encarar ese abordaje en el libro que hoy tenemos en su traducción al inglés y cuya publicación original en castellano tuve la suerte de promover hace cinco años Gargarella propone condensar  esa diversidad de experiencias en tres variantes ideológicas principales: el conservadorismo, el liberalismo, el radicalismo. A su juicio,  éstas fueron las  ideas- fuerza  en pugna delante de la tarea de construir un orden pos-independencia. De estas tres la novedad que aporta su libro es considerar en el sitial habitualmente dominado por los debates entre el conservadorismo y el liberalismo el papel jugado por las ideas radicales, es decir, por los  promotores del proyecto ideal de un gobierno popular y mayoritario como plataforma del nuevo constitucionalismo.  Debemos a Gargarella un retrato ecuánime de la propuesta levantada por esos ideólogos, – una ecuanimidad que no es independiente de su simpatía intelectual  para con ellos desde su propia postura igualitarista. Por cierto, su simpatía  no lo torna ciego frente a los extremos y las tensiones que acompañaron al ideario de la corriente radical.  Me interesa detenerme en particular en esta dimensión de su trabajo porque al ampliar el foco  su libro enriquece  y mucho a los debates constitucionales de esos primeros tiempos, los cuales  a menudo sacan casi enseguida de escena a los abogados de la soberanía sin restricciones de la causa de las mayorías.

Luego de pasar revista a sus  propuestas  se vislumbra de inmediato el rumbo opuesto que tomaron los diseños constitucionales que, si invocaron a la soberanía popular como fuente de legitimación política, levantaron bien pronto  en torno de ella el blindaje de instituciones contra-mayoritarias. Este resultado, que fue el fruto del sincretismo entre  conservadores y liberales,  encontró sus razones sobre todo en los países de América Latina  contra el telón de fondo de la división de las elites y del espectro de la agitación popular activado por las movilizaciones militares de las guerras de la independencia. Ahora bien, el desenlace frustrado de la alternativa radical ¿ puede ser considerado acaso como uno de esos momentos en los que la historia podría haber cambiado de dirección y no lo hizo por obra de accidentes o decisiones que no eran en si mismas necesarias?  En otras palabras, los países  de América Latina  ¿estaban disponibles para recorrer el camino que proponían los partidarios del radicalismo pero en definitiva no lo recorrieron por obra de contingencias históricas? En fin, ¿el radicalismo fue, en palabras de Hugh Trevor Ropper, “una ocasión perdida”? Nada de lo que Gargarella nos cuenta en su libro nos permite responder afirmativamente a este interrogante. En efecto, sus partidarios tuvieron una influencia marginal en las discusiones sobre el orden pos-independencia, y en aquellas escasas oportunidades que lo consiguieron sus iniciativas fueron derrotadas, e incluso no pocos de ellos volvieron luego sobre sus pasos y renegaron de sus ideales originales. Más importante aún, los radicales no tuvieron detrás un movimiento social sintonizado con su proyecto ideal  y en el que pudieran apoyarse, como lo tendrían mucho más tarde y para versiones más moderadas en el siglo XX. Sin embargo, Gargarella también nos dice que sus propuestas  fueron de todos modos reales en la cabeza de los que las rechazaron, de tal forma que los postulados del radicalismo fueron de hecho un componente,  quizás  intangible pero de todos modos  verdadero del momento en el que se diseñaron las instituciones del orden pos-independencia. Por eso – y ésta es una contribución del libro que comentamos- a menos que seamos concientes del lugar que ocuparon ¿cómo es que podemos reconstruir la coyuntura histórica y aprender de ella? Al hacerlo, como lo hace  sin perder de vista sus falencias y sus riesgos, Gargarella  nos permite apreciar cuanto hay de viviente hoy en día de sus aspiraciones originales.

Ampliando  este último comentario, quisiera por fin resaltar el filón político del trabajo intelectual que tenemos por delante. En un tramo final de su libro se pregunta si a la vista de la dificultad de encontrar   en nuestros países  instituciones que encarnen los ideales del igualitarismo ¿no habrá que  concluir que se trata de un proyecto inplausible? En su evaluación final, Gargarella  no se deja conducir, sin embargo,  por el sendero de la resignación política. Y dirá que es preciso volver sobre esas aspiraciones para bregar por ellas como horizonte del empeño intelectual de la hora. Insistir en nombre del realismo político en la brecha entre el proyecto ideal y las formas de gobierno existentes tiene un riesgo: el de no poder  apreciar cabalmente cuanto se ha hecho a través del tiempo por achicar esa brecha a fin de  hacer más plena la igualdad en los derechos y las recursos de las personas a través de experiencias que han involucrado una fuerte participación popular,  y que se han renovado una y otra vez como episodios incesantes  de un  trabajo de Sísifo. Insistir en las falencias de la democracia que conocemos en lugar de resaltar sus progresos en la historia tiene como corolario una imagen pesimista del futuro. Al respecto,  recuerdo que se ha dicho (fue John Dunn quién lo dijo) que lo que se considera posible y lo que se considera imposible tiene mucho que ver con el temperamento, con  el talante personal. Al cabo de la lectura del libro de Gargarella nos encontramos frente a un intelectual que confía en la capacidad humana  de ensanchar las fronteras de lo que es posible y vertebra a partir de ella un  espíritu reformista en favor de  una mayor igualdad para nuestras democracias realmente existentes.

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