Marcelo Alegre y Roberto Gargarella: “Carlos Nino y la filosofía de la democracia”

(publicado en Clarín 25/08/2003)

ANIVERSARIO
Esta semana se cumplen diez años de la muerte de un importante jurista argentino, con influencia notable en el mundo hispanoparlante y anglosajón. El 29 de agosto se cumplen diez años de la muerte de Carlos Santiago Nino, uno de los juristas más importantes que haya dado nuestro país, y uno de los pocos con influencia real tanto en el mundo hispanoparlante como en el anglosajón. La vida de Nino fue un puro reflejo de su visión filosófica, una concepción igualitaria y liberal que ponía un especial acento en el valor de la discusión pública y el respeto por la libertad individual.

Así era Nino: un incansable discutidor, un maestro que se tomaba en serio a cada uno de sus alumnos y un extraordinario filósofo, dueño de una mirada crítica y aguda que lo llevó a alejarse tempranamente de los dogmatismos, adulaciones mutuas y falsas cortesías tan habituales en nuestra academia. Dueño de una filosofía propia, Nino se movía con comodidad entre distintas ramas del derecho, y en todas ellas dejó su impronta original e innovadora. Graduado en la UBA y doctorado en Oxford, fue profesor en la Escuela de Derecho de Yale. Temprano defensor de un derecho liberal, sus opiniones ejercieron un peso indudable sobre algunas decisiones clave de la Corte Suprema argentina (como la despenalización del consumo personal de estupefacientes). Su debate con Eugenio Zaffaroni acerca de la justificación y límites de la pena resuena en estos días con particular vigencia.

Políticamente comprometido, participó decisivamente en el diseño de la política de juzgamiento de las violaciones de derechos humanos cometidas por la última dictadura. Su teoría fue decisiva, también, para justificar la anulación de la ley de autoamnistía aprobada por los militares. Enrolado en la tradición filosófica de autores como John Rawls y Jürgen Habermas, su teoría ética se basaba en la puesta al día de las principales reflexiones kantianas, como el principio de autonomía, el principio de la inviolabilidad de la persona (que veda usar a los seres humanos como medios), o la idea de dignidad (que requiere que la distribución de los beneficios y cargas de la vida social no depende de circunstancias ajenas al control de cada uno), así como en la necesidad de entender la moral de modo más complejo que un simple cálculo de consecuencias respecto de cada curso de acción.

Para Nino, en la conjunción de estas ideas se encuentra la clave de los derechos humanos: se trata de intereses especialmente tutelados, incluso frente a políticas o decisiones que podrían resultar beneficiosas para la sociedad en conjunto. Su concepción deliberativa de la democracia presuponía que cada individuo era el “mejor juez de sus propios intereses” y justificaba a la misma sólo en la medida en que ella servía para crear acuerdos sólidos basados en la discusión pública. La democracia tenía sentido sólo como un sucedáneo de una situación ideal en donde no se tomaban decisiones hasta que las mismas no fueran consentidas por cada ciudadano. Su concepción de los derechos individuales era integral, ya que incluía la existencia de los
derechos socioeconómicos: para Nino, no sólo se violan derechos por acción, sino también por omisión, como la falta de provisión de recursos suficientes para llevar adelante una vida digna.

Del mismo modo, Nino criticaba la organización de los medios de comunicación y las visiones prevalecientes sobre lo que significaba la libertad de expresión. Para él, la comunicación pública debía estar al servicio del mutuo esclarecimiento, por lo cual la presencia de las opiniones críticas en los foros públicos no podía depender del azar, del dinero, de la existencia de empresarios o avisadores amigables, ni de la buena voluntad de nadie. La crítica, para él, no era un lujo sino una necesidad de la democracia, sin la cual ella perdía sentido, orientación y justificación.

En su defensa de la deliberación colectiva, Nino se convirtió en un fuerte crítico del híperpresidencialismo argentino y de la personalización de la política. Para él el presidencialismo era, en parte, indeseable por su ineficiencia. Como sistema que concentra toda la autoridad y todas las expectativas populares sobre el presidente, el presidencialismo contribuye a los abusos del poder cuando el presidente cuenta con un fuerte apoyo público y, por el contrario, favorece la quiebra del sistema en los casos en que, súbitamente, el presidente comienza a errar en sus decisiones o la ciudadanía pierde su confianza en el mismo. Nuestra experiencia histórica reciente no hace más que confirmar los aciertos propios de aquel diagnóstico.

Fue en la militancia por esas ideas, y cuando recorría Latinoamérica en su cruzada contra el presidencialismo, que Nino encontró su temprana muerte originada en los problemas respiratorios que siempre había padecido. Su filosofía igualitaria y liberal y una larga lista de agradecidos amigos y discípulos lo sobreviven.

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